EL VALS DE LA NOCHEBUENA | #CuentosDeNavidad

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Este relato participa del Concurso de cuentos de Navidad organizado por Zenda y patrocinado por Iberdrola. #CuentosDeNavidad

 

 


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EL VALS DE LA NOCHEBUENA


Desde hacía cuatro años, las navidades de Dorotea terminaban de la misma forma.
Lucía, la muchacha que cuidaba de ella y a quien Dorotea llamaba con el nombre de Felipa (confundiéndola con una antigua amiga) había acordado el cese de sus servicios a las ocho de la noche, pues por mucho que apreciara a la señora y a su hijo Ignacio, esa noche prefería pasar con su familia. Ignacio le comunicó su conformidad por teléfono, indicándole también que él arribaría desde Berlín a las seis y que llegaría a la casa poco antes de las ocho, de esa forma su madre no quedaría sola ni un instante.
Y es que el padecimiento de Dorotea opacaba la lucidez de su mente con la misma lentitud, inadvertida y letal, con la que su cuerpo envejecía. Y por esto mismo ninguno de los dos podían permitirle un nuevo disgusto. No si podían evitarlo.
De modo que se propusieron organizar una Navidad diferente para Dorotea. Esta vez no dejarían que se pusiera a llorar como la joven veinteañera que pensaba ser, y derramara lágrimas en los hombros de su amiga Felipa, preguntándole por qué Cristóbal la había dejado plantada, por qué después de todo lo que le había prometido.
La verdad era que Cristóbal había muerto hacía treinta y tres años, y Dorotea conservaba impoluta la memoria de un hombre esbelto y orgulloso que tocaba a la puerta de su casa y le prometía, bajo estallidos de fuegos artificiales, que siempre estaría a su lado: “Siempre, siempre, hasta que seamos viejitos”. Y cada Navidad este momento volvía y brillaba ferviente en el neblinoso tumulto de memorias, dejando de ser un recuerdo y formando parte de una especie de invocación, como el calor de una lámpara en un pueblo fantasma, o la esperanza ingenua de una jovencilla de setenta y dos años.
Así fue como, al caer la tarde, Lucía ayudó a Dorotea a vestirse, peinarse y arreglarse, respondiendo siempre a un nombre que no era el suyo y aceptando el papel que le tocaba interpretar, como si aquello no rozara la línea de la locura.
Hora después de enterarse de que Ignacio había arribado en la ciudad, Lucía preparó sus cosas para marcharse, no sin antes ordenar el salón principal de la antigua casa, encender las luces del árbol navideño, poner algo de música y avivar el fuego que aplacaba el invierno y permitía a Dorotea llevar su vestido verde esmeralda sin otro abrigo más que una estola de piel que mantenía templados sus huesudos hombros.
En cierto momento, Dorotea frunció el ceño y observando impasible el parpadeo soporífero de las luces navideñas, una pregunta escapó de su aturdido silencio, como en un arrebato de lucidez.
—¿Vendrá?
Lucía, que estaba a su lado en el sofá del salón, le tomó la mano y le sonrió, tratando de olvidar las navidades anteriores en las que se angustiaba al escuchar esa misma pregunta.
—Yo creo que sí —contestó, sintiendo una ligera complacencia.
Dorotea volvió la cabeza y la encontró con la mirada. Su rostro estaba iluminado por un extraño brillo de juventud.
—Eres buena, Felipa.
Acababa de decir esto cuando el sonido del timbre interrumpió un vals de Strauss. Lucía avanzó por el pasillo y abrió.
Del otro lado encontró a Ignacio. Guapo como siempre, el hijo de Dorotea estaba vestido con un elegante traje y el cabello prolijamente peinado en una imitación casi idéntica de su difunto padre en sus años jóvenes.
—¿Está lista? —preguntó el hombre, frotándose las manos con nerviosismo.
—Te está esperando —dijo ella.
—No, en realidad. No se acuerda de mí en esta época.
—Feliz Nochebuena, Ignacio.
—Igualmente. Y gracias por todo.
Lucía le dio un abrazo y se alejó a paso rápido abriendo su paraguas bajo la ligera llovizna.
Ignacio atravesó el umbral secándose la frente y percibiendo el característico olor a hogar. Suspiró y caminó con lentitud hacia el salón y encontró allí a su madre, delgada y diminuta como nunca antes. Y fue tanta su conmoción que se le empaparon los ojos y la voz se le extravió en algún lugar remoto.
—¡Cristóbal, has llegado! —dijo ella y su rostro de repente irradió de juventud.
—Lo prometí —dijo Ignacio como pudo, extendiéndole la mano y conteniéndose las lágrimas.
—Y vendrás siempre, ¿no es así? —dijo ella, tomando su mano.
—Siempre, siempre.
Ignacio le dio un beso en la mejilla y comenzó a bailar con ella una composición de Strauss, sumergiéndose en un pasado ajeno bajo el vals de la Nochebuena.
—Siempre, siempre —murmuró ella, gozosa de felicidad, y se apretujó contra él.
—Hasta que seamos viejitos.



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