«Anatema»: un adelanto de la novela.

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¡Hola a todos!

Para inaugurar el nuevo aspecto de mi blog (como verán se ve más presentable) decidí hacer esta entrada para dar un adelanto de la novela Anatema: La selva de los tristes. En esta ocasión, compartiré con ustedes el capítulo 3: Nostalgia

¿Por qué el capítulo 3 y no los dos anteriores?

Porque es un capítulo que no delata nada relevante en la historia, al menos no de la forma en que lo hace el primero y el segundo. Además en este podemos ver la relación entre Hans y Sigvert antes de la muerte de este último y la manera en que el niño se sentía en sus últimos días de vida.


Si ya quieres leer del primer libro de esta saga y saber detalles de la historia antes que nadie, creo que esta entrada es para ti. En caso contrario, si prefieres guardarte toda la sorpresa para la fecha de lanzamiento, te recomiendo que no leas el capítulo, aunque repito NO CONTIENE SPOILERS RELEVANTES.

En cualquier caso (¡uff, que cansino que soy!), si ya entraste aquí, te agradecería mucho que compartieras esta entrada en tus redes sociales. Aunque no lo creas, me ayuda un montón.




3

Nostalgia


El llanto de sus padres pareció acallar desde el otro lado de la habitación.
Hans oyó a alguien en la cocina. Seguramente era su madre que había salido a calentar agua para el té. En el silencio absoluto, se escuchó un chocar de cacerolas. Luego, un gemido que en un disimulo casi mágico se convirtió en llanto. Después, el susurro adormecedor de la llama y el sonido chato de la caldera al colocarse sobre la hornalla. En la sala de estar, el quebradizo crepitar de las hojas de un periódico y el incesante golpeteo de la suela de un zapato contra la madera del piso. En un momento, alguno de los dos pronunció el nombre de Sigvert. Hans no logró saber con precisión quién, pero se aterrorizó al escucharlo. El nombre de su hermano en el eterno silencio parecía adoptar un carácter evocativo, fantasmal, como un eco de la muerte.
Hans sacudió la cabeza, regañándose en silencio por ser tan tonto, pero, ¡por Dios!, esa mañana había presenciado el entierro de su hermano. El niño estaba dentro de un cajón, un cajón para muertos como los de las películas, y lo habían metido en un hoyo que luego llenaron de tierra. Allí dentro estaba Sig, su único hermano, el niño que jamás volvería a ver. ¿Acaso era tonto sentirse aterrorizado por la vida? ¡No! Por supuesto que no.
—La vida —susurró.
Llevó la vista otra vez al muelle. Ahora que estaba mojado y ennegrecido por el bombardeo de la lluvia, había perdido el encanto de hacía unos días. Cerró los ojos y por un instante trató de imaginar un día soleado. Le costó al principio, pero no muy tarde los recuerdos comenzaron a aflorar.
Ya con los ojos abiertos, vio con el ojo de su mente un muelle de tablones tibios, bajo la dorada belleza del sol.
Era el primer año que no necesitaban de la ayuda de su padre para acomodar la carnada en el anzuelo. Hans lo había aprendido ni bien llegaron a Island Heights ese verano. Estaban los dos sentados al final del muelle, con las piernas colgando del último tablón, a menos de medio metro de la superficie del agua.
Las cañas de pescar se alzaban impasibles desde sus manos. Los sedales caían paralelos al agua y se mecían con el baile de la brisa. El río Toms salpicaba reflejos de oro, al igual que la copa de los árboles de las costas fronterizas. Las nubes se movían adormecidas. Era un día hermoso.
—Hoy te juro que sacamos uno —prometió Hans.
—Ayer también lo juraste —contestó Sigvert.
—Ayer fue ayer. Hoy es otro día, Sig.
Apartó la mirada del río y clavó la vista en el rostro de su hermano. Pese a que nunca se atrevería a decírselo, pocas veces en su vida lo había encontrado tan apuesto. Tal vez era el efecto de la tarde cayendo sobre él, pero así lo percibió. Su cabello rubio oscuro era como el cobre sobre las llamas; sus ojos, tristes y melancólicos, poseían un precioso verde aceitunado y su piel tenía ese particular blanco marfil heredado de su madre. Pero el mal, aquella tristeza que lo embargaba, opacaba en cierta medida su belleza impoluta.
—¿En qué piensas, Sig? —preguntó Hans.
—En nada —contestó él, sin apartar los ojos del río.
—¿Quieres hablar de algo?
—No.
La voz del niño, aunque cortante, tenía un dejo de lamento. Era apenas una ligera tonalidad, pero marcaba una exasperante diferencia. Hans volvió a preguntar:
—¿Cómo te sientes? Pareces un poco triste.
Sigvert levantó y bajó los hombros. En sus ojos, había más reflejos de los que debería.
—Vamos, Sig. Por favor, para ya con todo esto. ¿Te imaginas lo mal que pones a papá y mamá y… y a mí?
El niño miró por un momento a su hermano y luego le devolvió la mirada al horizonte. Hans continuó:
—Sé que no es tu culpa, pero…
—Lo es —intervino Sigvert.
—¿Qué?
—Lo es. Es mi culpa. Nuestro hermanito murió porque mamá tenía que ir a buscarme al colegio. Ella pensó que no llegaría a tiempo y se apresuró para bajar las escaleras y entonces cayó y se lastimó. Y también se lastimó nuestro hermanito y ahora está muerto.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Hans, negando con la cabeza—. Te lo has imaginado. ¿Quién te dijo que mamá no llegaría a tiempo? —Sigvert volvió a levantar y bajar los hombros. Hans entonces dijo:— Mira Sig, entiende esto que te voy a decir: en tu cabeza ocurren muchas cosas. Algunas de estas cosas son ciertas, como que mamá ha caído de las escaleras y que nuestro hermano, bueno, que nuestro hermano ha muerto; pero hay otras que son puras patrañas que solo intentan hacerte sentir mal. A este tipo de cosas no debes dar importancia. —Sacó una mano del mango de la caña y la apoyó sobre el pequeño hombro de su hermano—. Sig, no eres culpable de nada. Te lo digo en serio.
Sigvert suspiró profundamente. Su pecho se infló y por un instante sus manos se sintieron tan débiles que pudieron soltar la caña, pero no lo hicieron.
—¿Por qué te preocupas tanto por mi? —preguntó el niño.
Hans lo volvió a mirar, con la cara de haber escuchado una obviedad. La respuesta era demasiado simple: Hans amaba a Sigvert, pero no tenía la valentía suficiente (o la madurez suficiente) para admitirlo de manera explícita. Es por eso que contestó:
—Hay mucha gente que te ama. Cuando uno ama a una persona, quiere verla bien. Quiere que sonría, que disfrute, que se divierta. Y verte así de triste todos los días, es una tortura.
Una breve brisa agitó los sedales.
A Hans le temblaban los dedos enroscados en el mango de la caña. Había sido lo más sincero posible y esperaba una respuesta igual de honesta.
—¿Qué importa eso? —escuchó decir a su hermano, en cambio—. No importa nada —se contestó—. Si yo me muero todo seguirá igual.
Fue un horror haber escuchado semejante cosa.
Hans sintió la necesidad de mirar hacia atrás. Por un corto lapso de tiempo, tuvo la disparatada sensación de que el muelle se estiraba, alejándose de la costa, de la casa, de sus padres. Pero no, a pocos metros estaba Peter podando arbustos con una tijera enorme. Y allá estaba Lía, sentada en un sillón de mimbre entre las flores, leyendo una novela de bolsillo con una capellina blanca sobre la cabeza. Llevaba puesto un vestido celeste.
—¿Por qué te sorprendes? —oyó decir a Sigvert—. Algún día tú también morirás.
—Eres muy pequeño como para pensar en eso —contestó Hans, al fin, casi enfadado.
—No tiene nada de malo —agregó Sigvert—. Si yo muero, todo sigue igual. La vida es tan solo una opción, Hans. Como cuando ves una moneda en la calle y tienes que elegir si tomarla o dejarla pasar.
—¡No digas eso! —soltó, sorprendido.
—Piensa en toda la gente de Nueva York que vemos por la ventana. Todos esos autos que también llevan gente dentro. Si yo muero, todos ellos siguen. Y pronto se olvidarán de mí. Y luego ellos también morirán y el mundo seguirá siendo el mismo, porque nacerá más gente. —Hizo una breve pausa y suspiró, afligido—. No hay nada que pueda hacer, porque la vida es así. Y si no puedo cambiar la forma en que me siento, menos podré cambiar el mundo. ¿Ya ves por qué para mí nada tiene sentido?
Esa voz frágil hizo que Hans se conmoviera. Le tembló la mandíbula y se le humedecieron los ojos. Quienquiera que fuera esa persona a su lado al final del muelle, no era Sigvert. Era un niño muy parecido, pero no era su hermano.
—Sigvert, la vida tiene mucho sentido. Mira el bonito lugar en donde vivimos. No estamos enfermos. Nuestros padres nos aman. No nos podemos quejar de no tener para comer, como algunos niños. ¡Rayos, no nos podemos quejar de nada! Nuestra vida es muy buena, ¿por qué no lo ves?
Sigvert apretó los labios y tragó saliva. Al rato dijo:
—A través de mis ojos, todas las cosas son feas. Incluso yo.
El sol comenzaba a caer rápidamente. Debajo de reflejos dorados, el agua del río Toms se mecía oscura, amenazadora.
—¿De dónde sacas todas esas cosas que dices? —preguntó Hans, con la voz quebrada. Ya no contenía las lágrimas.
Su hermano iba a contestar, pero no dijo nada. Algo hizo que se interrumpiera antes de soltar la primera palabra. ¿Era acaso otra cosa que provocaría la indignación de Hans o algo que el niño no creía indicado decir en voz alta?
De pronto, Sigvert sintió miedo. Era tan extraño todo lo que le estaba pasando que a veces le aterraba pensar ciertas cosas, y eso significaba aterrarse de sí mismo. Ese desconocimiento propio era posiblemente lo peor que había sentido en su vida, porque le hacía pensar que su cuerpo y su mente no eran suyos. ¿Y entonces qué era suyo? Nada, pensaba, porque él no era nada en el mundo. Tras esta conclusión, se sintió desprotegido, embriagado de una agobiante sensación de desamparo y con ello, vino la desesperación.
Sus manos temblaron. Bajó con rapidez la caña de pescar y la dejó a un costado. Como temiendo que el sentimiento lo consumiese, abrazó a su hermano, rodeándolo con ambos brazos.
—Ayúdame —musitó, con apenas un hilillo de voz—. ¿Qué me sucede? Yo no soy así. Ayúdame. Ayúdame.
De inmediato, Hans dejó su caña de pescar y lo abrazó con la misma intensidad. No tenía la certeza de si alguien con su edad podía manejar tal situación, pero no le importó y lo intentó.
—Ya pasará, Sig —dijo, ya con el llanto rasgando su garganta—. Te prometo que estarás bien. Yo te ayudaré a ver las cosas bellas de la vida.

Apenas escuchando el llanto de los niños entre el bramido del río, Peter Buckner caminó hacia ellos.


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6 comentarios

  1. Y lo que sigue? Ese es todo el cap. 3?! ES DEMASIADO CORTO, CARAJO!
    Ok, admito que yo me zarpo con la extensión de los capítulos, pero... EN SERIO?! Cuánto tengo que esperar para leerlo completo? 15 días? Esta novela me tiene demasiado ansioso.
    Púdrete, Flanders, digo Marcos! jajaja.

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    1. Gracias por pasarte, Kramer.
      Sí, eso es todo el capítulo, jajaja. La verdad es que la primera parte del libro (LUTO Y DESCUBRIMIENTO) es bastante corta comparada a las que le siguen (LÁGRIMAS Y RELÁMPAGOS; ROSAS Y NIEBLA y SANGRE Y ESPADA), y los capítulos siguen el formato de la novela juvenil convencional, tal vez no tan cortos como el de la entrada (este es un caso especial, jaja), pero los escribí como para que el lector no los deje por la mitad. Claro, este capítulo es una escena que narra una situación simple, una conversación y ya; pero los otros (que narran cosas de todo tipo: ataques de salvajes, hienas, cocodrilos albinos, serpientes gigantes, etc, etc etc...) son más extensos. :D

      PD: Sí, recuerdo los capítulos de La Hora Sexta, jajaja. Creo que este capítulo es solo un 5% de lo que son los tuyos. :D

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    2. jaja sí, pero yo soy un cebado y me escribo una biblia en cada cap., es para matarme jajaja Vos haces bien, porque si no se corre el riesgo de aburrir y cansar al lector.
      Así que habrá "ataques de salvajes, hienas, cocodrilos albinos, serpientes gigantes, etc, etc etc..." No me spoilees más!

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  2. W-O-W

    Estoy súper ansiosa, solo me he quedado con ganas de más T^T ¿por que nos haces esto? *se va a su rincón triste a intentar superarlo*

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    1. Muchas gracias, Annie (Annie, ¿verdad?), jajaja. Hubiera puesto más, pero es que falta tan poco que preferí mostrar solo esta escena y dejar para la fecha del lanzamiento todo el bestiario que aparece en la tierra de los muertos. ¡Ufff! Yo también estoy muy ansioso.
      Te agradezco que hayas pasado. ¡Un saludo!

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  3. My feelings... ya te dije que me encanta que me hagan chillar verdad :p
    Ya pública el libro /(n.n)/
    Esos niños me dan ternura. Me encantan las historias de amistad y de lazos fraternos... y si esta media spooky pues mejor ;)
    (Ya lo quiero en la estantería!!!)

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